Página de Archivo 3

24
May
08

La camiseta

Hace unos días se presentó el nuevo atuendo que mis idolatrados jugadores del Madrid, lucirán la temporada que viene. Ello me ha hecho recordar los tiempos de mi infancia futbolera, origen de este estado mental que se prolonga hasta la actualidad.

En aquellos años ir vestido de futbolista era ir disfrazado. Junto a los trajes de Superman, de mosquetero, indio o vaquero, se encontraban los uniformes del Madrid, del Barça o del Atleti. Sólo los niños nos atrevíamos a ir vestidos de futbolista  por la calle. Los adultos no se vestían de futbolista, ni de mosquetero ni de romano (bueno, en Semana Santa sí).

Por aquel entonces ni siquiera sabíamos de qué marca era la vestimenta de los futbolistas. Ni nos interesaba. A los niños de entonces no nos preocupaba en absoluto que el vestido de mosquetero fuera el mismo que lucían los espadachines de Luis XV, o que los tocados de plumas del traje de indio fueran idénticos a los de un jefe sioux. De igual forma nos daba igual que el traje del Madrid fuera exacto al que lucían Juanito, Santillana o Benito. Con que la camiseta fuera blanca y tuviera bordado el escudo valía para desatar la fantasía. Sin ir más lejos yo tuve un traje del Madrid “casero”. Un pantalón y una camiseta blancos a los que mi abuela cosió el coronado emblema madridista. Y con eso fui plenamente feliz todo un verano.

Más tarde llegaron las marcas (Adidas, Hummel, Kelme, Adidas otra vez), la publicidad (Zanussi, Parmalat, Teka, Siemens), los números fijos y los nombres de los jugadores. Los uniformes de los equipos de fútbol abandonaron la sección de disfraces para entrar en la de deportes, o incluso tener espacios comerciales especializados. Al mismo tiempo que esto ocurría los uniformes autorizados por los equipos de fútbol se denominaron “oficiales”. Finalmente los adultos (sólo en esto desgraciadamente) se volvieron niños, y ahora es normal verlos ataviados por doquier con los uniformes de sus equipos de fútbol. Uniformes, que por cierto, además de ser carísimos, se renuevan cada año, con el claro objetivo de dejar demodé al del año anterior. Todo un gran negocio importado de los EE.UU.

A mí todo esto me parece muy bien, excepto el asunto de la “oficialidad”. Oficial es, según el D.R.A.E., “el que tiene autenticidad y emana de la autoridad constituida”. Si había una autoridad constituida en mi niñez, esa era mi abuela y dudo mucho que ninguna de las camisetas “oficiales” de hoy en día pueda superar la autenticidad de aquella camiseta blanca a la que mi abuela le cosió el escudo del Madrid, y que yo vestí orgulloso todo un verano.

20
May
08

Un ascensor para Keynes

John Maynard Keynes murió en 1946, de un ataque al corazón, mientras disfrutaba de unas vacaciones en Tilton, East Sussex, Inglaterra. Hace, por tanto, casi 62 años que uno de los padres de la Teoría Económica moderna fue enterrado. Enterrado, pero poco.

Desde su muerte, el capitalismo feroz ha seguido mutando y adoptando diversas apariencias. Entre las  características que comparten todas ellas destaca la obsesión por desacreditar las teorías de Keynes. Desacreditarlas, pero poco. 

Para los capitalistas ultramontanos, ultraliberales, ultraortodoxos, y en general para todos los “ultras”, Keynes es un anticristo para el progreso económico y la libertad. Un anticristo, pero poco.

Cada vez que el capitalismo tiene que enfrentar una de sus crisis consustanciales, los más arriba mencionados “ultras” pierden la coherencia, la compostura y hasta la vergüenza. En los momentos de vacas flacas se ciernen sobre la tumba de Keynes y la profanan con un descaro sorprendente. Para muestra tres botones:

Papi Estado 

La Banca gana

Y las inmobiliarias otro tanto

Desde El Orinal proponemos una solución: la instalación de una suerte de ascensor en el panteón familiar de los Keynes, que permita elevar y descender el ferétro de John Maynard con toda facilidad y diligencia. Así los “ultras” no tendrían que organizar esas exhumaciones furtivas en pos de las ideas de Keynes cada vez que la cosa se pone fea.

18
May
08

Mayúsculas y minúsculas

A lo largo de su vida, las letras pueden ocupar dos posiciones jerárquicas que diferenciamos por su vestimenta. Unas veces visten la indumentaria de calle y otras el terno de las grandes ocasiones. El traje cotidiano, la minúscula, es el que utilizan cuando quieren pasar desapercibidas, cuando necesitan una autoridad que les marque el camino. Las letras minúsculas se amontonan buscando el abrigo del conjunto, el anonimato de la palabra, el parapeto de la semántica. Casi no se repara en ellas, tan sólo unas décimas de segundo cuando se escribe o se lee. Ni siquiera eso cuando se habla.

 

Sin embargo las letras iniciales, en cuanto pueden, se vuelven altaneras y ambiciosas. Quieren destacar y mandar. Sólo algunas lo consiguen. Se yerguen desafiantes sobre sus siguientes y visten su grandilocuente traje de gala: la mayúscula. Estas letras inauguran una frase o convierten en única a una palabra o incluso la elevan a nombre propio. Sólo ellas otorgan ese principio, esa unicidad o esa propiedad, aplastando al inerme y amedrentado tropel de minúsculas a las que anteceden. Obtienen su grandeza y su poder de las reglas ortográficas. Pero mantienen su estatus sólo con la autorización de sus minúsculos súbditos que agradecen con la sumisión tener un cabecilla que los guíe.

 

Sin embargo, las letras mayúsculas viven amenazadas por una ineluctable degradación. Sin la muchedumbre minúscula no son nadie. Cuando la masa las abandona, solas en su soberbia, revelan su inútil fatuidad. Todas las mayúsculas acaban volviendo al ostracismo de la minúscula, condenadas por sus otrora leales minúsculas. A pesar de ello, todos los días, una letra se levanta sobre las demás para intentar dominarlas.

 

En ocasiones, ocurre que todas las letras de una frase se dejan llevar por su vanidad. La letra inaugural ve como las subsiguientes no aceptan su minúsculo destino y se rebelan contra el orden establecido. Se vuelven unánimemente mayúsculas, sin atender a razones. Se desata una infructuosa lucha fratricida. Todas reclaman al unísono su derecho a mandar sobre sus contiguos congéneres, independientemente de su lugar en la frase o en la palabra. Entonces, caen todas en el espanto ortográfico más abominable y gritón: la revolución de las palabras con todas las letras mayúsculas.

 

Por el contrario, otras veces, las mayúsculas no quieren observar el deber que la regla ortográfica les impone y renuncian a su poder y a la indumentaria que lo denota. Se vuelven entonces minúsculas, buscando cobijo en el conjunto de letras que les suceden. Las minúsculas originales miran atemorizadas como la palabra sin timonel camina hacia el desastre ortográfico más absoluto: el caos de las frases con todas las letras minúsculas.

 

No pueden ser todas minúsculas o todas mayúsculas. Las unas precisan de las otras. Las otras son porque son las unas. Y las unas son con permiso de las otras… y todo viceversa. Quizá, algún día, las letras evolucionarán, se volverán inteligentes y no necesitarán jerarquías. Serán entonces, ni minúsculas, ni mayúsculas, sino letras libres. Sin vanidad, sin ambición, sin miedo ni angustia. Sólo letras, para siempre letras…

18
May
08

Queda inaugurado este orinal

A la decimotercera tiene que ir la vencida. Muchas veces he iniciado un blog pero mi indolencia esencial ha impedido que llegaran a tener más de media docena de entradas antes de agonizar. Esta vez creo que las excusas se han agotado. Ahora sí. Con todo el barroquismo verborreico y grandilocuente que me caracteriza y sin vergüenza alguna, declaro inaugurado este orinal. No os lo toméis muy en serio.