“Anarquista es, por definición, aquél que no quiere estar oprimido y no quiere ser opresor; aquél que quiere el máximo bienestar, la máxima libertad, el máximo desarrollo posible para todos los seres humanos.”
Página de Archivo 2
Anarquista
Las Empresas
“Las empresas son, simplemente, tan totalitarias como el bolchevismo o el fascismo. Poseen las mismas raíces intelectuales de principios del siglo XX. Por ello, al igual que otras formas de totalitarismo tuvieron que desaparecer, igual tiene que ocurrir con las tiranías privadas. Tienen que ser puestas bajo control público”.
Soñando
“Es soñando con lo imposible que el hombre ha realizado siempre lo posible. Los que se han conformado con lo que les parecía posible no han avanzado nunca un solo paso.”
Los extremos se tocan
Pero vamos a ver, ¿Cuántas veces tengo que repetir las cosas? Estoy harta de decir siempre lo mismo. Una y otra vez. Siempre lo mismo:
Que después de jugar hay que guardar los juegos en su sitio. Que los abrigos se cuelgan en los percheros que para eso están. Que hay que comérselo todo. No me vale eso de “esto no me gusta”, “esto está frío”. ¿Qué os creéis que es esto? ¿Un restaurante en el que se come a la carta? Cuando se os despierta por las mañanas os tenéis que levantar inmediatamente. No quiero oír la excusa de siempre: “es que no me encuentro bien, es que estoy malo”. Y por supuesto cuando por las noches se apaga la luz significa que debemos irnos todos a la cama. A dormir. No quiero volver a ver a nadie levantado después de que se haya apagado la luz. ¿Estamos? Estoy cansada de oiros decir lo mayores que sois. Si sois ya tan mayores ¿por qué no obedecéis como las personas mayores? Aquí hay más de 200 internos y para poder llevar una vida ordenada debemos cumplir todos las reglas. A rajatabla. ¿Entendido?
Como alguien vuelva a incumplir alguna de las reglas anteriores me veré obligada a llamar a su familia para notificar su expulsión de esta residencia para la tercera edad. Y no quisiera.
Indolencia
Una cómoda compañía siento
Celada de la voluntad inerme
Redes que caen sobre mi aliento
Causantes de que mi empeño merme
Sogas de desidia que se anudan
Ahogando mi ánimo sin prisa
Sirenas marchitas que se desnudan
Ante mi mirada roma y lisa
Olas azules casi negras rompen
El puente que la razón ardorosa
Tiende sin cesar al que rememora
Dolores y dulzura que esconden
La fiera hondura de una fosa
En cuyo fondo un hombre solo llora.
Hasta mañana
Cada tarde cuando llego a casa abro la puerta despacio, como pidiendo perdón. Atrás quedan el día, el trabajo, la luz. Dentro está ella tumbada en el sofá, en penumbra, en silencio. Intentando atrapar un sueño que durante la noche se hace inconciliable. Rompe la quietud un “hola” indolente. Mero trámite para confirmar que ha advertido mi llegada. Contesto resignado y paso de largo. De camino al dormitorio no puedo evitar mirar hacia el final del pasillo. Mis ojos se encuentran con la puerta cerrada de la habitación de nuestro hijo. Tan cerrada como la tumba que alberga su cuerpo. Me desvisto despacio. Vuelvo al salón y enciendo el televisor. Las imágenes, como un desfile de sombras chinescas, pasan delante de mí. Al cabo de un rato me levanto y preparo algo de comer. Cenamos en silencio. Recojo y nos acostamos. Hasta mañana.
Qué extraña sensación
Qué extraña sensación es escribir. Uno siente la irreprimible necesidad de arrojarse al torrente desbocado del pensamiento, los sentimientos, los recuerdos, los fracasos, sin saber muy bien si podrá salir bien parado de la experiencia y desde luego nunca indemne. Escribir es buscar las cicatrices indelebles que la vida deja, reabrir las heridas y volverlas a curar, si uno puede. Toda esta laceración es terriblemente solitaria pero ineludible. Es la forma que elige el que escribe de luchar contra sus monstruos, de enfrentarlos con decoro. La única dignidad que le queda a un condenado a muerte es despreciar a sus verdugos. Y condenados estamos todos. La única certeza es la muerte. Una presencia constante que nos obstinamos en obviar a toda costa. Sin embargo todos estamos a un segundo de la oscuridad perpetua. Ni los jóvenes, ni los fuertes, ni los sanos son inmunes. Todos a un segundo. Constantemente a un segundo. Cada segundo vivido es un segundo arrebatado a la muerte, un segundo salvado, pero un segundo menos. Cada palabra escrita es un segundo redivivo. Los planes, las previsiones, los proyectos, que fútiles parecen ante el obligatorio desenlace de nuestra vida. Nos empeñamos en ignorar la inmediatez de la muerte. De vez en cuando ella se encarga de recordarnos nuestro ineluctable destino arrebatándonos a alguno de nuestros próximos. Asombrados y desamparados asistimos al espectáculo de la muerte ajena y luego nos empeñamos en desdeñar la muerte propia, que es reverso de nuestra misma vida. Vida es certeza de muerte. Y no hay más. El resto son inventos de los mortales que con ellos morirán. Y uno de esos artificios es escribir, que es volver a vivir y volver a reírse de la muerte, a sabiendas de que ella, al final, siempre gana.
Un niño
Cada vez me siento más ajeno al siglo actual. Yo no pertenezco a estos días. ¿Dónde está mi tiempo? O mejor dicho ¿Cuándo fue mi tiempo? Hace unos días le oí decir a Fernando Savater algo con lo que coincido plenamente. Los seres humanos se dividen en dos grandes grupos, los que se pasan la vida añorando su infancia y los que se pasan la vida intentado desembarazarse de ella. Es separar a los niños felices de los niños que en su infancia fueron desgraciados (o al menos así lo piensan). Yo pertenezco al primer grupo, a los que creen que el paraíso es su infancia. Desdichadamente es para mí ya un tiempo inasible que ocurrió durante los primeros años de mi vida. Su recuerdo es cada vez más mítico y menos real, pero cada vez más propio. Sólo puedo rememorar aquellos tiempos con cierta vigencia con los que pasaron esos momentos junto a mí. Lo malo es que cada vez son menos, y muchos de los que van quedando cada vez son menos reconocibles. Algunos ni se parecen a aquellas personas que formaron parte del elenco de mi infancia.
Toda mi vida echaré de menos aquellos años, aquellas seguridades, aquellos afectos, aquellas fantasías y aquellas libertades. También me faltan los escenarios de mi niñez. Este mundo tiene poco que ver con aquel barrio en el que crecí, aquel colegio al que fui o aquel pueblo en el que veraneé. Además me desconciertan las estéticas y las éticas que hoy imperan, por no hablar de la absurda tecnología. El inexplicable paso del tiempo cada vez me aleja más de la infancia, pero al mismo tiempo me revela que siempre seré aquel niño que jugaba a las chapas en el parque de Berlín, aquel niño que corría por el patio del Liceo Anglo Español, aquel niño que andareteaba por Olvega y sus alrededores.
Eso soy yo. Nada más. Nunca seré nada más. Todo lo demás son minutos musicales. Dejar pasar el tiempo que me aleja de la niñez y al mismo tiempo me la otorga como única pertenencia.
Será por eso que últimamente sólo deseo estar con mi mujer que vivió aquellos años y sabe de lo que hablo, con mis padres y mi hermana protagonistas estelares de aquellos días y con mis amigos, cómplices imprescindibles de aquellas aventuras.
La Maledicencia
La maledicencia esconde la envidia y el rencor de los pobres de espíritu. Los mentecatos necesitan la insidia para sentirse fuertes. No soportan la libertad de los diferentes y hacen de la norma y la vulgaridad su refugio, a salvo de su propia insubstancialidad. Si humanos son los libres, los auténticos, los que se deben a sí mismos y a nadie más, que poca humanidad hay en la murmuración y el cotilleo. Las habladurías proporcionan un vano placer al chismoso que apenas mitiga su propia necedad. Que estúpidos son los que critican la libertad de los demás porque de ella a sí mismos se han dispensado.
Las primeras impresiones
Las primeras impresiones se han de olvidar prontamente. Lugares y personas se construyen ante nosotros de forma continua y ajena, pero siempre alejados de la primera emoción que suscitaron en nuestro ánimo. Tan sólo buscando en los recovecos de la memoria somos capaces de escudriñar esa primera impronta, que una vez aflorada se delata como impostora absoluta, como un artificio mentiroso porque nadie es lo que primero parece ni nada anticipa lo que realmente será. Si tuviéramos infalible oráculo de lo que un paisaje significará para nosotros o si estuviera a nuestro alcance conocer prematuramente la vida futura que compartiremos con una persona, nuestra forma de aprehender seres y lugares sería diferente. Y principios distintos desembocan en existencias distantes. La mentira primigenia es envoltorio necesario que hay que retirar viviendo. Sólo los necios evitan despojarse de las sensaciones primeras y las conservan como certezas.