Han pasado muchas cosas en estos meses de silencio en El Orinal. La última entrada escrita aquí fue para dar cuenta de la muerte de Luis Cencillo. Los acontecimientos acaecidos desde entonces no hacen más que confirmar sus malos augurios acerca del futuro de la cultura y la civilización de eso que siempre hemos denominado Occidente.
Hemos visto como el orden económico mundial impuesto por Europa y Estados Unidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial se ha dado de bruces con sus propias contradicciones e inconsistencias. Un orden económico que reserva la riqueza para unos pocos era algo insostenible, máxime cuando esa riqueza es, en gran parte, una sucesión de castillos en el aire.
Hemos presenciado atónitos como los máximos defensores de este sistema económico, poco más que se volvían soviéticos, sacando de la tumba no sólo a Keynes, sino al propio Marx. Y si alguien tiene dudas, que por favor observe quienes habían sido hasta ahora los únicos defensores de la nacionalización de la banca.
Estamos asistiendo a la caída, uno por uno, de los pilares en los que se asentaba la economía mundial, incluyendo ese tan novedoso según el cual China, ese extraño cóctel de totalitarismo comunista y capitalismo salvaje, estaba al abrigo de todas estas desgracias.
Y todo ocurre ante nuestros ojos a una velocidad de vértigo. Lo que en épocas pretéritas ocurría a lo largo de varias generaciones, ahora lo vemos suceder en apenas unos días.
El próximo sábado se reúne el G-20 (+1). En El Orinal creemos que sería indispensable que de esa reunión salga un plan a medio y largo plazo que contenga alguno de estos puntos:
Que es imposible mantener un sistema cuya riqueza no tenga un respaldo real.
Que es imposible mantener un sistema que excluya del reparto a la mayoría de la población mundial.
Que el crecimiento no es un objetivo en sí mismo y la redistribución sí.
Que la globalización o es completa (personas, productos y servicios, información y capitales) o nunca será justa y por tanto estable.
Que para que todo esto se pueda llevar a cabo es necesario empezar a conformar un gobierno global y democrático, a cuya supervisión se sometan todas las instituciones, incluidas las grandes corporaciones multinacionales.
Lo peor: que no vemos ninguna luz al final de un túnel largísimo… Lo mejor: … Este espacio preferimos que lo rellene el curioso lector.
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