Cada tarde cuando llego a casa abro la puerta despacio, como pidiendo perdón. Atrás quedan el día, el trabajo, la luz. Dentro está ella tumbada en el sofá, en penumbra, en silencio. Intentando atrapar un sueño que durante la noche se hace inconciliable. Rompe la quietud un “hola” indolente. Mero trámite para confirmar que ha advertido mi llegada. Contesto resignado y paso de largo. De camino al dormitorio no puedo evitar mirar hacia el final del pasillo. Mis ojos se encuentran con la puerta cerrada de la habitación de nuestro hijo. Tan cerrada como la tumba que alberga su cuerpo. Me desvisto despacio. Vuelvo al salón y enciendo el televisor. Las imágenes, como un desfile de sombras chinescas, pasan delante de mí. Al cabo de un rato me levanto y preparo algo de comer. Cenamos en silencio. Recojo y nos acostamos. Hasta mañana.
31
May
08
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