Qué extraña sensación es escribir. Uno siente la irreprimible necesidad de arrojarse al torrente desbocado del pensamiento, los sentimientos, los recuerdos, los fracasos, sin saber muy bien si podrá salir bien parado de la experiencia y desde luego nunca indemne. Escribir es buscar las cicatrices indelebles que la vida deja, reabrir las heridas y volverlas a curar, si uno puede. Toda esta laceración es terriblemente solitaria pero ineludible. Es la forma que elige el que escribe de luchar contra sus monstruos, de enfrentarlos con decoro. La única dignidad que le queda a un condenado a muerte es despreciar a sus verdugos. Y condenados estamos todos. La única certeza es la muerte. Una presencia constante que nos obstinamos en obviar a toda costa. Sin embargo todos estamos a un segundo de la oscuridad perpetua. Ni los jóvenes, ni los fuertes, ni los sanos son inmunes. Todos a un segundo. Constantemente a un segundo. Cada segundo vivido es un segundo arrebatado a la muerte, un segundo salvado, pero un segundo menos. Cada palabra escrita es un segundo redivivo. Los planes, las previsiones, los proyectos, que fútiles parecen ante el obligatorio desenlace de nuestra vida. Nos empeñamos en ignorar la inmediatez de la muerte. De vez en cuando ella se encarga de recordarnos nuestro ineluctable destino arrebatándonos a alguno de nuestros próximos. Asombrados y desamparados asistimos al espectáculo de la muerte ajena y luego nos empeñamos en desdeñar la muerte propia, que es reverso de nuestra misma vida. Vida es certeza de muerte. Y no hay más. El resto son inventos de los mortales que con ellos morirán. Y uno de esos artificios es escribir, que es volver a vivir y volver a reírse de la muerte, a sabiendas de que ella, al final, siempre gana.
30
May
08
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