La maledicencia esconde la envidia y el rencor de los pobres de espíritu. Los mentecatos necesitan la insidia para sentirse fuertes. No soportan la libertad de los diferentes y hacen de la norma y la vulgaridad su refugio, a salvo de su propia insubstancialidad. Si humanos son los libres, los auténticos, los que se deben a sí mismos y a nadie más, que poca humanidad hay en la murmuración y el cotilleo. Las habladurías proporcionan un vano placer al chismoso que apenas mitiga su propia necedad. Que estúpidos son los que critican la libertad de los demás porque de ella a sí mismos se han dispensado.
25
May
08
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