Hace unos días se presentó el nuevo atuendo que mis idolatrados jugadores del Madrid, lucirán la temporada que viene. Ello me ha hecho recordar los tiempos de mi infancia futbolera, origen de este estado mental que se prolonga hasta la actualidad.
En aquellos años ir vestido de futbolista era ir disfrazado. Junto a los trajes de Superman, de mosquetero, indio o vaquero, se encontraban los uniformes del Madrid, del Barça o del Atleti. Sólo los niños nos atrevíamos a ir vestidos de futbolista por la calle. Los adultos no se vestían de futbolista, ni de mosquetero ni de romano (bueno, en Semana Santa sí).
Por aquel entonces ni siquiera sabíamos de qué marca era la vestimenta de los futbolistas. Ni nos interesaba. A los niños de entonces no nos preocupaba en absoluto que el vestido de mosquetero fuera el mismo que lucían los espadachines de Luis XV, o que los tocados de plumas del traje de indio fueran idénticos a los de un jefe sioux. De igual forma nos daba igual que el traje del Madrid fuera exacto al que lucían Juanito, Santillana o Benito. Con que la camiseta fuera blanca y tuviera bordado el escudo valía para desatar la fantasía. Sin ir más lejos yo tuve un traje del Madrid “casero”. Un pantalón y una camiseta blancos a los que mi abuela cosió el coronado emblema madridista. Y con eso fui plenamente feliz todo un verano.
Más tarde llegaron las marcas (Adidas, Hummel, Kelme, Adidas otra vez), la publicidad (Zanussi, Parmalat, Teka, Siemens), los números fijos y los nombres de los jugadores. Los uniformes de los equipos de fútbol abandonaron la sección de disfraces para entrar en la de deportes, o incluso tener espacios comerciales especializados. Al mismo tiempo que esto ocurría los uniformes autorizados por los equipos de fútbol se denominaron “oficiales”. Finalmente los adultos (sólo en esto desgraciadamente) se volvieron niños, y ahora es normal verlos ataviados por doquier con los uniformes de sus equipos de fútbol. Uniformes, que por cierto, además de ser carísimos, se renuevan cada año, con el claro objetivo de dejar demodé al del año anterior. Todo un gran negocio importado de los EE.UU.
A mí todo esto me parece muy bien, excepto el asunto de la “oficialidad”. Oficial es, según el D.R.A.E., “el que tiene autenticidad y emana de la autoridad constituida”. Si había una autoridad constituida en mi niñez, esa era mi abuela y dudo mucho que ninguna de las camisetas “oficiales” de hoy en día pueda superar la autenticidad de aquella camiseta blanca a la que mi abuela le cosió el escudo del Madrid, y que yo vestí orgulloso todo un verano.
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