18
May
08

Mayúsculas y minúsculas

A lo largo de su vida, las letras pueden ocupar dos posiciones jerárquicas que diferenciamos por su vestimenta. Unas veces visten la indumentaria de calle y otras el terno de las grandes ocasiones. El traje cotidiano, la minúscula, es el que utilizan cuando quieren pasar desapercibidas, cuando necesitan una autoridad que les marque el camino. Las letras minúsculas se amontonan buscando el abrigo del conjunto, el anonimato de la palabra, el parapeto de la semántica. Casi no se repara en ellas, tan sólo unas décimas de segundo cuando se escribe o se lee. Ni siquiera eso cuando se habla.

 

Sin embargo las letras iniciales, en cuanto pueden, se vuelven altaneras y ambiciosas. Quieren destacar y mandar. Sólo algunas lo consiguen. Se yerguen desafiantes sobre sus siguientes y visten su grandilocuente traje de gala: la mayúscula. Estas letras inauguran una frase o convierten en única a una palabra o incluso la elevan a nombre propio. Sólo ellas otorgan ese principio, esa unicidad o esa propiedad, aplastando al inerme y amedrentado tropel de minúsculas a las que anteceden. Obtienen su grandeza y su poder de las reglas ortográficas. Pero mantienen su estatus sólo con la autorización de sus minúsculos súbditos que agradecen con la sumisión tener un cabecilla que los guíe.

 

Sin embargo, las letras mayúsculas viven amenazadas por una ineluctable degradación. Sin la muchedumbre minúscula no son nadie. Cuando la masa las abandona, solas en su soberbia, revelan su inútil fatuidad. Todas las mayúsculas acaban volviendo al ostracismo de la minúscula, condenadas por sus otrora leales minúsculas. A pesar de ello, todos los días, una letra se levanta sobre las demás para intentar dominarlas.

 

En ocasiones, ocurre que todas las letras de una frase se dejan llevar por su vanidad. La letra inaugural ve como las subsiguientes no aceptan su minúsculo destino y se rebelan contra el orden establecido. Se vuelven unánimemente mayúsculas, sin atender a razones. Se desata una infructuosa lucha fratricida. Todas reclaman al unísono su derecho a mandar sobre sus contiguos congéneres, independientemente de su lugar en la frase o en la palabra. Entonces, caen todas en el espanto ortográfico más abominable y gritón: la revolución de las palabras con todas las letras mayúsculas.

 

Por el contrario, otras veces, las mayúsculas no quieren observar el deber que la regla ortográfica les impone y renuncian a su poder y a la indumentaria que lo denota. Se vuelven entonces minúsculas, buscando cobijo en el conjunto de letras que les suceden. Las minúsculas originales miran atemorizadas como la palabra sin timonel camina hacia el desastre ortográfico más absoluto: el caos de las frases con todas las letras minúsculas.

 

No pueden ser todas minúsculas o todas mayúsculas. Las unas precisan de las otras. Las otras son porque son las unas. Y las unas son con permiso de las otras… y todo viceversa. Quizá, algún día, las letras evolucionarán, se volverán inteligentes y no necesitarán jerarquías. Serán entonces, ni minúsculas, ni mayúsculas, sino letras libres. Sin vanidad, sin ambición, sin miedo ni angustia. Sólo letras, para siempre letras…


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